Cepajes
La historia vitivinícola de Chile es reciente si la comparamos con la tradición del cultivo de la vid, cuya domesticación se remonta a varios miles de años (6000-8000 a.C.) en la región del Cáucaso, lugar de origen del género Vitis. La evidencia arqueológica más antigua de vinificación data del neolítico (alrededor del 5400 a.C.), en los montes Zagros de Irán. En contraste, la vitivinicultura chilena tiene apenas 500 años, iniciada con la llegada de los españoles. Los colonizadores plantaron viñas a lo largo de su recorrido por América Latina para elaborar vino como elemento de conquista: el vino para la guerra, la misa y la mesa. La vid encontró su mejor zdaptación en la zona centro-sur de Chile, gracias a su clima mediterráneo, ausente en otras regiones del continente. Así, a mediados del siglo XVI, se instalaron las primeras viñas, que se expandieron desde la zona central hacia el norte y el sur, con fuerte arraigo precisamente en el secano interior de Maule, Itata y Biobío, favorecidas por sus condiciones de clima y suelo. La País fue la tinta fundacional. Ciento cincuenta años más tarde llegó a hacerle compañía la blanca Moscatel de Alejandría. Juntas definieron, a lo largo de tres siglos, el paisaje vitivinícola del secano interior del sur de Chile. A mediados del siglo XIX, sin embargo, estos viñedos comenzaron a pasar a un segundo plano con la llegada de las variedades francesas, ligadas principalmente a la aristocracia y al valle central, en las cercanías de Santiago. Luego, durante el boom exportador de los años 90, fueron las plantaciones bordelesas —siempre asociadas al riego— las que ganaron protagonismo. Pero estos viñedos centenarios, en pie franco, sin riego, afortunadamente nunca desaparecieron. Se quedaron ahí, resistiendo el paso del tiempo y el olvido. En Macatho trabajamos con ese patrimonio vivo. Nos mueven las variedades de secano, resistentes y bien adaptadas a nuestro clima, sean españolas de larga data o francesas llegadas posteriormente. Cada una tiene una historia distinta —la País, el Moscatel, el Chasselas, el Cinsault, el Carignan, la Syrah, el Chardonnay—, pero todas comparten algo esencial: son cepas que encontraron en estas tierras un lugar donde expresarse sin artificios. Algunas son símbolo de resistencia, otras rarezas que supimos leer a tiempo. Todas, en conjunto, cuentan la historia de una viticultura que mira al pasado para entender el presente.

Una de las variedades fundacionales es la País, conocida también como Listán Prieto, Negra del Perú, Criolla y Misión. Es la cepa que más tiempo ha estado presente en el territorio y con la cual se inicia la viticultura chilena. Traída desde España y cultivada desde la Edad Media, fue durante tres siglos la variedad más importante de Latinoamérica y la fuente principal del vino tinto en Chile. Hoy es un símbolo de resistencia: la inmensa mayoría de sus viñedos centenarios, en pie franco y de hasta 200 años, se concentra en el secano interior del sur de Chile. Nuestros vinos con Uva País

A mediados del siglo XIX, justo antes de la crisis filoxérica, la burguesía chilena viajó a Europa, copió el modelo e impulsó el desarrollo de la industria vitivinícola en el valle central. Importó variedades francesas, principalmente de la zona de Burdeos, y junto a ellas llegaron enólogos disponibles en medio de la naciente crisis filoxérica que devastaría el viñedo europeo. Así comenzó una nueva era del vino en Chile: la del vino moderno, hecho con tecnología y pensado para el gusto de la élite. Y fue ese nuevo ideal el que empezó a dejar de lado el viñedo fundacional: el de herencia española, el vino de los trabajadores, el del sur.
El paisaje vitivinícola se dividió en dos regiones que persisten hasta hoy. Por un lado, el valle central —entre Aconcagua y Maule norte—, donde la aristocracia reemplazó la País por
variedades francesas en grandes extensiones. Por otro, el secano interior —entre Maule sur y Bío-Bío—, donde grandes propietarios y familias campesinas mantuvieron el cultivo tradicional de la País en pequeñas superficies, hoy solo en manos de pequeños productores.

Aunque el vino chileno ya viajaba desde la colonia, no fue hasta finales de los ochenta que la exportación cobró fuerza. En los '80 se exportaba menos del 3% de la producción total; en 1990, el 9,3%; y a finales de los noventa, más del 50% de la producción se destinaba a la exportación, consolidando a Chile como actor relevante y alcanzando el cuarto lugar mundial en volumen exportado en el año 2000, con 2,6 millones de hectolitros.
La País quedó relegada a vino a granel, eclipsada por nuevas plantaciones de tintas bordelesas —Cabernet, Merlot y la resucitada Carménère— en el valle central. El foco se puso en las grandes empresas con enología moderna que triunfaron en el extranjero. No se trataba del patrimonio del secano interior —con más historia que la propia nación—, sino de un producto industrializado y estandarizado según el mercado.

Hoy subsisten alrededor de 10.000 hectáreas de País en manos de pequeños productores del secano interior de Maule, Itata y Biobío, aunque siguen perdiendo terreno. Si no fuera por la dedicación de estas familias, la resiliencia de esta cepa y el clima privilegiado, muchas ya habrían desaparecido.
Para Macatho es un honor acompañar el cultivo de la "Uva del País" para dar vida a vinos vivos, puros, profundos, con identidad y sabor a uva. Nuestros vinos Segundo Flores, María Rosé, Toca Tierra y Chimiltito son testimonios de estas viñas centenarias: plantas sin riego, en pie franco, que han sobrevivido generaciones gracias a las familias guardianas, a pesar de los cambios de moda.
Cada sector, cada pedazo de viña es único. Representa un territorio y cuenta una historia.























