MANOS A LA TIERRA
Trabajamos comprando uva o arrendando parcelas a distintas familias de agricultores del secano interior del Valle de Itata y un sector específico en el Valle del Maule. La manera en que practicamos este intercambio está muy lejos del comercio tradicional: tenemos una relación de colaboración, tanto técnica como social, con las familias que son propietarias de las viñas con las cuales hacemos nuestros vinos.
La mayoría de ellos son familias de origen pertenecientes a la Agricultura Familiar Campesina, cuyo espacio de práctica es en promedio de 1 a 3 hectáreas de terreno —incluyendo las viñas—. Pequeños en extensión, pero grandes en conocimientos; dedicados a la agricultura en su más amplio y autosuficiente sentido. Generalmente provienen de familias donde el papá, el abuelo y el tatarabuelo se dedicaban a la agricultura o, más exactamente, a la poliagricultura: vivían de manera autosuficiente, tenían animales, frutales, producían maíz, trigo y vino, llevando así de una manera sabia sus campos, respetando los ciclos lunares y el curso de las estaciones.
La relación es año a año. Hay parcelas que han estado desde nuestros inicios, como Segundo Flores, Tinajacura y Fresa Grossa desde 2016; otras han ido incorporándose con el tiempo, como ChaCha y Toca Tierra en 2017, Chimiltito en 2019 y Pedro Jr en 2021. Algunas han dejado de existir por distintas razones —ya sean técnicas, culturales o antrópicas (incendios)—, entre ellas Caña Dulce (2018, 2019 y 2020), Jour et Nuit (2016, 2017), AllíPallá Itata (2017, 2018) y otras con las cuales hemos hecho algo que podría llamarse “One Shot” o un intento, de las cuales han resultado cosas originales como AllíPallá Maule y Pad'Pucha en 2016 o Falta Shuko en 2020.
Por una viticultura que resiste entre generaciones, nuestra idea es ofrecerles un precio de compra que es 3 o 4 veces superior al precio tradicional, además de asumir costos ligados a la producción como:
• La adquisición de material necesario para trabajar en buenas condiciones las viñas.
• La nutrición de plantas con abonos naturales que nos proporcionan desde 2017 nuestros amigos de Agrolawen.
• El azufre autorizado en agricultura orgánica, necesario durante la temporada de crecimiento de la planta para evitar la aparición del oídio.
• El cuidado durante los trabajos de primavera, como el desbrote, que es una continuación del trabajo de la poda invernal.
• Los trabajos de los suelos, ya sea arar con el caballo, picar con el azadón de manera manual o cortar el pasto con la desbrozadora; cada uno de estos trabajos depende de la naturaleza e historial del viñedo y de cómo llevamos el cultivo en cada parcela.
• Y finalmente la cosecha, nuestra columna vertebral. La vendimia es un momento capital en nuestra actividad, la cual debe darse en buenas condiciones, con respeto y cuidado de la uva, al lugar y a las personas que nos acompañan en esta tarea, para asegurarnos así de la buena continuación del vino que es fruto de este día.
Esta forma de trabajar parece ser beneficiosa tanto para ellos como para nosotros y, por qué no decirlo, para las vides y su entorno. Nos hemos mantenido con esa obligación social y vitícola y estamos agradecidos al ser acogidos por cada familia, quienes nos han dejado trabajar las viñas desde otra mirada y a la cual ellos se suman para aprender.
No siempre ha sido fácil, como en toda relación: solo el tiempo es nido y cría a la vez. Pero en un momento cualquiera tiene lugar el encuentro y se da en la medida que trabajamos, no sólo pensando sino actuando para una agricultura consciente, limpia, sin químicos, respetuosa de las plantas y de la tierra que es su sustento. Podríamos definirla como orgánica (pero no certificada), estableciendo distintos enfoques provenientes de la agroecología, la agroforestería y la biodinámica, sin obligación de una etiqueta o certificación que apruebe nuestras prácticas y existencia. Tan solo un diálogo sincero con los consumidores de nuestros vinos —ya sea a través de los importadores con los cuales trabajamos a nivel internacional como los clientes directos a nivel nacional— y la honestidad de nuestro trabajo es suficiente para acreditar nuestra labor.
Finalmente, creemos que el vino no pertenece al mundo de los objetos y de las puntuaciones, sino más bien a una esfera sensible donde existe una intersección entre la tierra, los sentidos y el trabajo previo de agricultores y hacedores de vino como instrumento de aproximación. Cada botella representa un viñedo donde no solo hemos trabajado para observar y comprender, sino donde también intervienen nuestros afectos.
















